Cuando elegimos la conexión como tema para el Día Mundial de los Océanos de este año, nos pareció una elección bastante obvia. El océano nos recuerda constantemente que nada existe de forma aislada. Los ecosistemas, las mareas, el clima, las costas, las comunidades... todo influye en algo y, al mismo tiempo, es influenciado por algo más.

Pero mientras más hemos reflexionado sobre la conexión, menos sencilla nos ha parecido.

Creo que muchas veces hablamos de la conexión como si fuera algo automáticamente bueno. Algo de lo que todos deberíamos querer más. Y aunque sí creo que la conexión es hermosa y necesaria, no estoy tan segura de que hablemos lo suficiente de lo que nos pide a cambio.

Porque en el momento en que nos conectamos con algo, también nos volvemos vulnerables a ser afectados por ello. Si te conectas con una persona, es muy probable que en algún momento se lastimen mutuamente. Si te conectas con un lugar, empiezas a preocuparte por lo que le sucede. Si te conectas con una comunidad, sus alegrías y sus desafíos dejan de sentirse completamente ajenos.

La conexión suena muy bonita hasta que te das cuenta de que requiere vulnerabilidad.

Requiere confianza. Requiere soltar un poco de control y aprender a convivir con más incertidumbre de la que a veces nos gustaría. Y por eso mismo, la conexión suele sacar cosas inesperadas a la superficie. Gratitud, claro, pero también miedo. Pertenencia, pero también incertidumbre. Asombro, pero también preguntas que no podemos responder de inmediato.

No sé si la conexión es algo que alguna vez llegamos a entender por completo. Pero sí creo que prestarle atención nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea de una forma más honesta.

Y creo que cada vez que tenemos la oportunidad de hacer eso, es un regalo.

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